Un desastre
No me importa lo que puedan decir o no
decir, ya no hago caso. La cristiandad que habitaba en mis días ahora se
convirtió en rebeldía, en una extraña pureza oscura que impregna el alma y el
cuerpo. Creo que ahora soy lo que nadie quiere, lo que nadie busca, un monstruo
hecho de pelo de caballo y piel de cerdo, con cuernos de cabra tan absurdos
como quien los puso, soy a quien nadie desea, ni de quien pudieran enamorarse,
no soporto lo cursi – Ahora a cualquier cosa le llaman poeta- Soy un desastre
andante de quien nadie nunca pudiera aferrarse, huelo mal y mis mocos están en
constante pelea con mi nariz. No puedo dejar de ser desagradable, mi esencia
hace de mí la imperfección hecha mujer. Creo que el insoportable hedor que de mi emana es eso
que odio de mí, ese olor a niña, a ingenuidad, a costumbre. Esta impulsividad
de vomitar sentimientos, me enferma, me
condena a la sinceridad propia de una tonta, creo que debería salir corriendo.
La valentía no se hizo para este gusano de ojos cristalizados y corazón de
mimbre. No se hizo para mí el tempo, ni el tiempo, ni la duración tampoco la
perduración. Es el castigo del cielo quizá por entregarle mi alma a la
oscuridad, ese castigo de querer olvidar recordando, reconociendo, soñando.
Creo que no puedo ser buena, lo bueno está sobrevalorado, la dignidad es
cuestionable y el acertijo de la vida jamás podre resolverlo. Las cosas que
decía ahora no las digo, las odio, a quien quería se convirtió en la pesadilla
de mis días y esa amistad de años ahora
es solo una enfermedad. Es lo que digo, no creo, no pienso. La vida, mi vida se
está gastando, los momentos pasan y los años se consumen como aquel cigarro que
en mi mano descansa y como aquel árbol que se le cae las hojas y simplemente
muere. Nunca he dicho gracias, no podría querer algo que no sea mío, aunque lo
deseara tanto que pudiera renunciar a mí misma para encontrarlo.
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