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martes, 14 de octubre de 2014

Un desastre


No me importa lo que puedan decir o no decir, ya no hago caso. La cristiandad que habitaba en mis días ahora se convirtió en rebeldía, en una extraña pureza oscura que impregna el alma y el cuerpo. Creo que ahora soy lo que nadie quiere, lo que nadie busca, un monstruo hecho de pelo de caballo y piel de cerdo, con cuernos de cabra tan absurdos como quien los puso, soy a quien nadie desea, ni de quien pudieran enamorarse, no soporto lo cursi – Ahora a cualquier cosa le llaman poeta- Soy un desastre andante de quien nadie nunca pudiera aferrarse, huelo mal y mis mocos están en constante pelea con mi nariz. No puedo dejar de ser desagradable, mi esencia hace de mí la imperfección hecha mujer. Creo que  el insoportable hedor que de mi emana es eso que odio de mí, ese olor a niña, a ingenuidad, a costumbre. Esta impulsividad de vomitar sentimientos, me enferma,  me condena a la sinceridad propia de una tonta, creo que debería salir corriendo. La valentía no se hizo para este gusano de ojos cristalizados y corazón de mimbre. No se hizo para mí el tempo, ni el tiempo, ni la duración tampoco la perduración. Es el castigo del cielo quizá por entregarle mi alma a la oscuridad, ese castigo de querer olvidar recordando, reconociendo, soñando. Creo que no puedo ser buena, lo bueno está sobrevalorado, la dignidad es cuestionable y el acertijo de la vida jamás podre resolverlo. Las cosas que decía ahora no las digo, las odio, a quien quería se convirtió en la pesadilla de mis días y  esa amistad de años ahora es solo una enfermedad. Es lo que digo, no creo, no pienso. La vida, mi vida se está gastando, los momentos pasan y los años se consumen como aquel cigarro que en mi mano descansa y como aquel árbol que se le cae las hojas y simplemente muere. Nunca he dicho gracias, no podría querer algo que no sea mío, aunque lo deseara tanto que pudiera renunciar a mí misma para encontrarlo. 

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