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martes, 14 de octubre de 2014

Costumbre        
                                                                                                 

Creo que se me ha vuelto costumbre creer en idiotas, en esos que pintan el cielo color naranja sin antes cubrirlo de mierda. Se me ha vuelto bastante común decir que si, quizá con una estúpida esperanza de que sea al menos un poquito diferente y se parezca a un alíen. Creo que he perdido la capacidad de discernir y poder huir, de poder dejar atrás a quien me hace mal, creo que he tergiversado los acontecimientos y me hundo en el intento de querer borrar con letras este maldito miedo. En ocasiones puedo salir huyendo pero pronto regreso con un hueso de perro o con patas de cabra queriendo volver a hechizar a algún mortal, volviendo a jugar, a amar al fuego imposibilitando a mi alma a que sea libre. Hace tiempo no mido el tiempo y los tintes de la luna me hacen doler la cabeza, me impulsan a correr y dejar de sentir. Me he acostumbrado a estar aquí sentada siempre a la espera de nada o quizá de todo, a la espera de un héroe con complejo de humano, que sea tan banal y carnal, tan pasional y que no le funcione su raciocinio, uno de esos tontos con delirios  y enamorados del sol, uno de esos; que le guste el enredijo de cabellos debajo de las sabanas, entre manos y besos, entre suspiros y silbidos en el amanecer. 

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