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martes, 14 de octubre de 2014

Quiero


Ven, folla mis oídos, mis labios mis manos. Quiero un hombre sin complejos y que me deje morderle las tetillas, los tobillos y los nudillos, que me deje faltarle al respeto profanándole la mente y endemoniarle el espíritu. Un hombre con quien pueda comer, dormir, beber y  perdernos en el humo del humo aquel.  Ese al que le pueda gritar en la cama y consentir en el sofá,  a quien pueda llevar al paraíso del infierno con un orgasmo provocado por mi sofocante sonrisa y  delirante abrazo. Uno a quien poder joder en la noche y dejarlo soñar en el día, con quien caminar calle arriba y calle abajo. Quiero un hombre que se deje matar y me mate de cualquier forma, quien llene mis vacíos y me haga olvidar estúpidos rencores de antiguos amores. A quien decirle gordo, feo y afeminado, con quien burlarme de esos otros tontos enamorados; quiero poder decirle a ese hombre al oído que esta frio y me enfrió; con quien poder cruzar miradas de picardía y complicidad al ver pasar eso que nos hace volar. Quiero un hombre bastante malo, que me haga cosquillas y haga crujir mis huesos, que me torture con su divina  y extensa presencia, quien me abrigue cuando tenga frio y me bese cuando tenga calor, que erice mi piel con su voz y me despierte con su corazón. Quiero un monstruo sexy y muy cursi, un monstruo verde y cuentacuentos  tan cuentacuentos como yo. 
Hechizo


Creo que he conseguido tener cierto poder sobre su mente, sobre su cuerpo y un aliciente placer al sentir su alma rendida a mis pies. Prendo aquella vela negra y atisbo a su fuego que me da señales de proseguir con el hechizo, de continuar con aquella velada oscura, deslumbrante y peligrosa. Iniciando el ritual con besos manchados de ansiedad y penumbra, consagrando con blasfemias el encuentro tortuoso entre nuestros ojos y dirigiendo cánticos desgarradores a la oscuridad seguimos adentrándonos a lo infernal, a lo banal y carnal. Se ofrece a mí ese pobre humano sin antelaciones, embelesado por la tentadora tiranía de la muerte, se postra ante mí ofreciéndome su aliento, dándome el inmenso poderío de destruirlo y acabarlo con una caricia, se desliza ante mí esa humanidad tan bellamente imperfecta, tan ensordecedora y atrayente. La apuesta se eleva cuando tan fácilmente pierde sus estribos y no le queda nada más que la demencia después de un frustrante intento de redimir sus pecados, después de dirigir sus plegarias al cielo sin ser escuchado ni bendecido, ahí es cuando la apuesta realmente dispara su flecha que técnicamente ha de encerrarlo en el lugar más pesaroso y macabro de mi cuerpo. Allí la vida se esfuma, se consume en alaridos y chillidos, en arañazos y azotes, en profanaciones espirituales y maravillosas contradicciones, en absorciones y laceraciones que solo un endemoniado y malvado corazón puede alcanzar y aquella divinidad escondida entre el pecado más vano del humano estará condenada a perecer y dejar de existir.
Sinfonía perfecta


En medio de un perfume casi exquisito y un tanto perturbador, entre gemidos repetidos, continuos y agobiantes.  Entre carnívoras miradas, sus ojos se encontraron para quedarse tan perdidos, tan inexpresivos y locos. En el momento todo cuadraba, las sabanas, el cigarro y la música, el vino hacia juego con esa boca roja y esos dientes de luna, la cama un contraste primoroso con ese cuerpo que finiquitaba desnudo en la orilla. Y las guitarras haciendo un acorde, fusionadas con el vaivén de dos cuerpos unidos en una sinfonía perfecta, en una revolución  contaminada de oscuridad y lujuria. Allí estaban  sintiendo la tensión, absorbiendo olores y disfrutando sabores, irreconocibles por el sudor, por el maquillaje corrido y el pelo revuelto de manos, de lenguas y enredijos. Estaban tan cerca y  lejos al instante mismo. No podían más que aguantar a su próximo encuentro, a su próxima muerte. Nada que decirse, nada que expresar. Su lengua solo funcionaba cuando tocaba la de él y su boca plasmaba un extraño rechazo a las palabras. El consumo de sus propias vidas con besos y excesos, concordaban en  una proclamación y profanación a la pasión, a la fumigación de sentimientos y flaquezas del corazón. Se la pasaban huyendo del infierno, de ese punto de partida, jugando a tirar del arco  la flecha y buscando razones para quedarse y amarse, para sentirse vivos estando muertos. 
Un desastre


No me importa lo que puedan decir o no decir, ya no hago caso. La cristiandad que habitaba en mis días ahora se convirtió en rebeldía, en una extraña pureza oscura que impregna el alma y el cuerpo. Creo que ahora soy lo que nadie quiere, lo que nadie busca, un monstruo hecho de pelo de caballo y piel de cerdo, con cuernos de cabra tan absurdos como quien los puso, soy a quien nadie desea, ni de quien pudieran enamorarse, no soporto lo cursi – Ahora a cualquier cosa le llaman poeta- Soy un desastre andante de quien nadie nunca pudiera aferrarse, huelo mal y mis mocos están en constante pelea con mi nariz. No puedo dejar de ser desagradable, mi esencia hace de mí la imperfección hecha mujer. Creo que  el insoportable hedor que de mi emana es eso que odio de mí, ese olor a niña, a ingenuidad, a costumbre. Esta impulsividad de vomitar sentimientos, me enferma,  me condena a la sinceridad propia de una tonta, creo que debería salir corriendo. La valentía no se hizo para este gusano de ojos cristalizados y corazón de mimbre. No se hizo para mí el tempo, ni el tiempo, ni la duración tampoco la perduración. Es el castigo del cielo quizá por entregarle mi alma a la oscuridad, ese castigo de querer olvidar recordando, reconociendo, soñando. Creo que no puedo ser buena, lo bueno está sobrevalorado, la dignidad es cuestionable y el acertijo de la vida jamás podre resolverlo. Las cosas que decía ahora no las digo, las odio, a quien quería se convirtió en la pesadilla de mis días y  esa amistad de años ahora es solo una enfermedad. Es lo que digo, no creo, no pienso. La vida, mi vida se está gastando, los momentos pasan y los años se consumen como aquel cigarro que en mi mano descansa y como aquel árbol que se le cae las hojas y simplemente muere. Nunca he dicho gracias, no podría querer algo que no sea mío, aunque lo deseara tanto que pudiera renunciar a mí misma para encontrarlo. 
Bestia salvaje


Me perdí en alientos de alguien sin corazón, deje que mi cuerpo fuese envilecido por el hombre lobo;  y sus colmillos rosaran mis labios, que sus garras desprendieran de un tirón mi vestido, que el sabor de su veneno recorriera mis venas y me convirtiera en una especie de bestia salvaje. Deje que su sudor impregnara mis entrañas, queriendo buscar su corazón me escabullí en su alma negra, dañada por el tiempo, por perros y unas cuantas  hienas. Perdida dentro de su cueva, en sus sabanas rojas de mi propia sangre derramada cada segundo tras un desenfrenado ritual pervertido que nos convirtió en dos seres enjaulados en la peor celda de pasión.  Fui objeto de distracción y diversión, una travesura mal hecha. Obligada a encontrarlo luego en el olvido; cuando no se tiene otra opción ni otra oportunidad, ni otro clavo ni otra bala. No tenía otra elección que la de atravesarle la estaca en su odioso corazón, acabar con la poca luz que su esencia tenia y hundirlo en los confines de la oscuridad, tal vez condenándome a mí misma porque el sucio veneno de sus besos me hizo eterna y me hará la viva imagen de aquel desconocido lobo. Simplemente cuando no se tiene otro chance de odiar ni matar de nuevo. El aliento de esa criatura se  le fue arrebatado, su color se desintegro y su hedor se esfumo. La noche envolverá esa obscuridad de mi sombra haciéndome esclava de secretos y  recuerdos de versos viejos. Encadenada de su garra, aguardando morir en su regazo. La noche acaba y el crepúsculo me deja completamente ciega, sintiendo no más que revolturas en el estómago, perdida entre la intriga, fatigada y asustada. Amanece, el lobo dejo de existir y la luna apago su luz, lo que antes eran dulces besos de ilusión ahora son solo pasado.  Y el día quema la locura misma  del sufragio y el naufragio de mi alucinación. 
Costumbre        
                                                                                                 

Creo que se me ha vuelto costumbre creer en idiotas, en esos que pintan el cielo color naranja sin antes cubrirlo de mierda. Se me ha vuelto bastante común decir que si, quizá con una estúpida esperanza de que sea al menos un poquito diferente y se parezca a un alíen. Creo que he perdido la capacidad de discernir y poder huir, de poder dejar atrás a quien me hace mal, creo que he tergiversado los acontecimientos y me hundo en el intento de querer borrar con letras este maldito miedo. En ocasiones puedo salir huyendo pero pronto regreso con un hueso de perro o con patas de cabra queriendo volver a hechizar a algún mortal, volviendo a jugar, a amar al fuego imposibilitando a mi alma a que sea libre. Hace tiempo no mido el tiempo y los tintes de la luna me hacen doler la cabeza, me impulsan a correr y dejar de sentir. Me he acostumbrado a estar aquí sentada siempre a la espera de nada o quizá de todo, a la espera de un héroe con complejo de humano, que sea tan banal y carnal, tan pasional y que no le funcione su raciocinio, uno de esos tontos con delirios  y enamorados del sol, uno de esos; que le guste el enredijo de cabellos debajo de las sabanas, entre manos y besos, entre suspiros y silbidos en el amanecer. 
Si me quieres, compláceme


El amanecer me ha dado alas para volar hacia casa, me ha dado valor y un poco de sabiduría en esta ignorante vida. Las cosas no han sido muy amables y encontrarte me ha dado esperanza, verte sonreír hace que quiera levantarme y tomarte de la mano en la calle. Y no sé si puedas leerme, pero ahora, justo ahora no me iré,  me quedare esperando en tu regazo el mañana. Y no importa si no recuerdas mis caricias, ni mis besos, ni mis ojos viéndote, ni mis manos recorriendo tu cuerpo, yo solo esperare a que me veas como yo a ti. Y si me quieres, compláceme. Estoy totalmente segura que las mentiras del día se irán en la noche, la luna será mi cómplice y tú serás mi hechizado. Puedo dejar de buscarme, dejar de ser yo misma pero lo cierto es que no lo quiero así, me he cansado de llorar y desperdiciar mis lágrimas en personas que no valen la pena y dar lo mejor de mí a quien no merece cosas buenas. Lo cierto ahora es que puedo palparte, puedo sentirte y me basta con soñarte. De lo único que estoy segura es que las mentiras hacen parte de ti y de mí, pero trato de ser paciente y dejar las confusiones para poder mirarte solo a ti. En realidad te conozco poco, pero te quiero y deseo que recuerdes mi aliento o mi nombre al menos.  Puedo verte de lejos y no sentir miedo, sentirme a gusto y confortarme desde estas letras mal escritas y con un sentido diferente.  Serás quien me despierte de este sueño, de esta ensoñación de ti. Las metáforas se han ido, hoy todo será real y terrenal, como nosotros. No sé a veces que pensar, ni que hacer, ni que decir, todos dicen que soy rara, que me falta un tornillo, pero la verdad de tras de todo lo que demuestro es que soy tan sensible y amarga, tan imperfecta y maltrecha con delirios de princesa y expectativas demasiado elevadas, quizá por esos  héroes literarios que me han cautivado. Pero al menos eso me hace vivir, existir un poco cada día, con mi cuerda locura, con excesos y deseos, con estas ganas de ti y tu sentimiento. Ahora que te tengo, mi corazón no para de latir, mis sentidos han despertado de nuevo y la aventura ha tocado la puerta de mi cuarto. Si me quieres, compláceme.