ESE HOMBRE...
Ese
hombre ¡Por el infierno! Era fuego. Ardía dentro de mí, hundía su perverso
ser en mis adentros como si yo fuese todo lo que quisiese del
mundo. Era adicto a mis nalgas, le gustaba cogerlas en sus manos de oso
panda y palmearlas, era un cachón. ¡Qué hombre del demonio! En qué momento se
habían vuelto necesarios sus chillidos en mi oído, su lengua en mis senos, sus
dedos en mis agujeros, su aliento cerca de mí. ¿Cuándo había dejado de ser mi
objeto, mi distracción, mi escape? Ese hombre era escalofriantemente adictivo,
erizaba mis pelos, me volvía loca la cabeza y la vagina, no podía dejar de
querer estar rodeada de su sudor de macho cabrón, es que ¡No podía! Era
demasiado físico para mí. Deseaba con la fuerza de un tornado sentirlo dentro, pero
no era una obsesión. No, no lo era.
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