Una atadura
Quizá me ate a su falta de pecado, a su falta de miedo, quizá a su ávida vida o su peculiar sonrisa. Quizá me ate sola a un lazo que no tiene nudo o que ni siquiera existe. Quizá sea una figura idealizada en mi mente, una asociación de ese personaje del libro que tanto leo, tal vez me ate a su locura, a sus ganas de ser libre, a su manía por la adrenalina y por las nalgas tibias. Quizá estoy atada, impregnada de su aroma, de su piel, de sus besos alineados con sus caricias, de sus ganas de mí. Quizá este bajo el efecto perturbador de su encanto; ese que me hace temblar los huesos y ruborizar los cachetes. Si, quizá este atada a su mundo; al que nunca entre y del que nunca hare parte. Estoy atada a su terca insistencia de huir lejos de aquí, especialmente de mí. Quizá me deje llevar por ese amor que le profesa a la luna y a esas melodías de los ríos y la lluvia que lo hacen querer partir. Tal vez este atada a sus miradas, a su pelo loco de colores, a sus mordiscos. Quizá el ni lo entienda, ni siquiera lo sepa, tal vez solo lo ignore, que me ate más a él cuándo decidió irse. Si, lo sé, me ate a un nigromante peligroso y lleno de miedos pasados y puede parecer absurdo y de hecho lo es. Me ate, lo admito